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Sacramento de la confesión

Queridos hermano/a,

Vamos a empezar  una catequesis sencilla sobre el Sacramento de la Confesión, para que puedas entender mejor la importancia de este regalo que nos ha hecho Jesús  por medio de la iglesia en nuestro caminar tras de  Él, y lo puedas valorar al máximo, todas las veces que lo necesites.

Ante todo quiero decirte que es un Sacramento, es decir un signo,  una señal, un gesto, del amor de Dios; un signo que yo reconozco en la fe  y por la fe.

Todo Sacramento (son 7) es un medio, un instrumento, por el cual a nosotros nos llegue  ese amor de Dios, esa gracia, a lo largo de nuestra existencia, para que, no obstante la difícil y contradictoria realidad que vivimos, podamos lograr nuestra salvación, que es la vida plena y eterna en Dios, que debe ser el anhelo más grande de todo cristiano.

Todos los Sacramentos tienen su origen y fundamento en el misterio pascual,, es decir en la muerte y resurrección de Jesús.

Acerca de la Confesión, nos dice el evangelista San Juan, que al atardecer de aquel día (de la resurrección) Jesús se apareció a sus discípulos, y después de darles el saludo de paz, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedarán retenidos” (Jn.20, 22-23).

El soplo nos recuerda el soplo de la vida que Dios sopló en el hombre al inicio de la creación

(Gn.  2,7). El Espíritu Santo es el Dador de vida, es él que recrea, renueva, regenera. La Confesión  me da nuevas oportunidades a mi vida: de reencontrarme conmigo mismo, de volver al camino  del Señor, después de que lo había abandonado por el pecado.

Por esto, la Confesión se llama también Sacramento de sanación.

 

  • De martes a sábado: 7 a.m.
  • Domingo: durante todas las Eucaristías

 


II Catequesis

La vida cristiana es un camino, un proceso detrás de Jesús, es un proceso de crecimiento en el amor a Dios y al próximo, que empezó con nuestro bautismo y tendrá su conclusión con nuestra muerte.

En este camino todos tenemos la experiencia de que encontramos muchos obstáculos, muchas piedras que nos hacen tropezar, muchos huecos que nos hacen perder el equilibrio, que nos frenan o que nos hacen desviar del camino. Por este motivo Jesús dice que seguirle a Él conlleva “tomar la cruz todos los días”.

Estos obstáculos están representados por las malas inclinaciones nuestras y de los demás, por las circunstancias que se crean alrededor nuestro, las tentaciones, las insinuaciones que nos llegan de personas mal intencionadas, y si nosotros no tenemos suficiente prudencia y sabiduría, fácilmente nos alejan del camino de Dios.

A veces nosotros nos comportamos como esos niños o adolescentes que juegan con juegos peligrosos: saben que se pueden hacer mucho daño, y sin embargo continúan jugando sin pensar a las consecuencias para sí y para los demás.

Cuando yo me alejo de Dios sé que pierdo mi amistad con Dios, que estoy rompiendo mi relación con los demás y me estoy haciendo un daño inmenso, y sin embargo acepto hacer ese paso pensando más egoístamente a un momento placentero que a lo que pierde.

Jesús, que conocía muy bien la psicología humana, pensó a todo esto y nos dio el Sacramento de la Confesión. Por medio de este Sacramento  restablece nuestra amistad con Dios, nos pone de nuevo en el camino del Señor, nos da la fuerza para superar los obstáculos que continuaremos encontrando en el camino.

La Confesión es una nueva oportunidad que me da el Señor para que yo pueda perseverar en su seguimiento e infunde en mi nueva esperanza de cambio.

  Catequesis del Papa Francisco sobre el Sacramento de la Confirmación


III Catequesis

El cristiano está llamado a la santidad. El mayor peligro en este camino de la santidad es el pecado, que nos frena o que nos aleja más y más de ese ideal.

En esta catequesis veamos que es el pecado. Generalmente se define el pecado como “una ofensa a Dios”. Pero no se puede pensar que Dios se ofenda, así como nos ofendemos nosotros. Dios es eterno, es inmutable, y no puede cambiar de humor a cualquier pecado que cometemos.

Si Dios se “ofendiera” nos dejaría de amar y entonces no sería Dios. Mientras que la esencia de Dios es amar. “Dios es amor”, afirma San Juan (1Jn. 4,16). Dios ama a buenos y malos o come dice Jesús “hace brillar su sol sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5,46).

Más bien, cuando yo acepto cometer un pecado, me estoy haciendo una ofensa a mi mismo/a, porque acepto de manchar mi dignidad de hijo/ de Dios, porque estoy renunciando al amor de Dios que es mi alegría plena, y lo reemplazo por un momento egoísta de satisfacción.

Entonces el pecado es un decir “no” al amor de Dios. Podríamos decir, es “cansarse” del infinito amor de Dios que continúa amándome con la misma intensidad.

Para entendernos podríamos pensar a aquel o aquella que se cansa de la monotonía del amor de su pareja, de sus atenciones, de sus palabras de cariño, de sus caricias, y busca algo alternativo que le de nuevas emociones, sin pensar a las graves consecuencias que producen: la división del corazón y los daños por la familia.

El pecado es un alejamiento voluntario de Dios en busca de nuevas emociones y no se piensa a las graves consecuencias que me llegan de ese alejamiento: pierdo mi amistad con mi Padre Bueno, rompo la armonía en mi corazón y destruyo las relaciones espirituales con los demás.

El Sacramento de la Confesión me da la posibilidad de volver a estar en amistad con Dios, la que se llama la ”gracia”, a gozar nuevamente del amor de Dios, me rehabilita en mi dignidad de hijo/a de Dios y recupero mi relación con mis hermanos en la fe.


IV Catequesis


Continuando nuestra reflexión sobre el sacramento de la Confesión o de la reconciliación, hoy vamos a hacer un paso más y hablamos del fundamento bíblico de este sacramento. Es muy importante saber si Jesús dio poder a los apóstoles de perdonar los pecados, ya que gracias a las iglesias cristianas se transmiten dudas, diciendo que es “un invento” de la iglesia católica, que en la Biblia no existe, o “porqué - dicen- debo confesar mis pecados a un hombre más pecador que yo”?

Dudas que se van regando también entre muchos católicos, ignorantes de Biblia y que no se preocupan de preguntar o investigar.

Ante todo diría yo, son expresiones llenas de mucho orgullo, ya que se cuestiona el obrar de Dios y se está juzgando a los demás, en este caso a los sacerdotes, considerándolos más pecadores que uno, cuando es el solo Dios, que conoce el corazón y la mente de las personas, que puede saber si uno es o no es más pecador que otro.

En segundo lugar se quiere desconocer, por un principio personal y de parte, lo que Jesús dijo e hizo.

En el evangelio de Juan, cuando el día de su resurrección, se apareció a los apóstoles, reunidos en el cenáculo, después de haberles anunciado el don de la paz les dice: “Reciban el Espíritu Santo: a quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan, les serán retenidos” (Jn. 20, 22-23). Estas fueron las primeras palabras de Jesús resucitado a todos los apóstoles (reunidos en comunidad = iglesia).

Palabras muy claras que no admiten equivocaciones. Si los apóstoles, y por ende la iglesia, tienen la tarea de continuar la misión de Jesús, quien ha venido “no a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt. 9, 13), es de gente muy mal intencionada negar que Jesús ha dado poder a la iglesia de perdonar los pecados. Es el mismo “escandalo” de los fariseos que reclamaban a Jesús: “Este blasfema. Quien puede perdonar los pecados sino Dios?” (Lc. 5, 21).

Además de predicar y bautizar, la iglesia ha recibido la tarea de reconciliar a los hombres con Dios y entre sí, para que su Reino de amor y de paz se vaya consolidando más y más en el mundo. El pecado es todo lo que no permite la realización del Reino de Dios en las personas y en la sociedad.

San Pablo, en la segunda carta a los Corintios afirma: “Todo  proviene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2Co. 5,18).

Este ministerio la iglesia lo llama Sacramento de la confesión o de la reconciliación o de la penitencia.

 


Catequesis VI

Ya sabemos la importancia de la Confesión para nuestra vida espiritual, para nuestro crecimiento en el amor a Dios y al hermano. Ya sabemos que no es un invento de la iglesia para tener dominio sobre las conciencias de los fieles como alguien intenta de hacer creer, sino que ha sido instituido por Jesús para recuperar la amistad con Dios, todas las veces que la perdemos a causa del pecado que lastimosamente cometemos con tanta facilidad.

Ahora en esta breve catequesis vamos a ver como hay que confesarse.

Ante todo quiero decir que la confesión tiene la finalidad de perdonar los pecados graves (o mortales), es decir, esos pecados que nos quitan , dan “muerte” a nuestra vida espiritual, a nuestra amistad con Dios. Es pecado mortal todas esas faltas graves contra los mandamientos de la ley de Dios o de los mandamientos de la iglesia. Ejemplos: No confiar en Dios; renegar de Dios; no santificar la fiesta sin motivo; abandonar a los papás; matar; abortar; calumniar; robar; fornicar; adulterio; violar; abusar de niños; dar escándalo, etc.

Los pecados pequeños (o veniales) no nos quitan la gracia y pueden ser perdonados con la oración, una visita al Santísimo, la lectura de la Palabra o cuando voy a misa atendiendo la invitación del sacerdote que al inicio de la celebración nos invita a pedir perdón de nuestros pecados.

La confesión es un acto de humildad y de fe, donde uno, sintiéndose pecador y consciente de haberse alejado de Dios, pide el perdón y de reconciliarse con Dios y con los hermanos frente al sacerdote, que me representa en aquel momento al mismo Dios y a la comunidad, ya que ha recibido el ministerio del perdón y de la reconciliación.

Confesarse es solo decir los pecados (los hechos como son) de los cuales soy consciente que son pecados. Entonces no es para desahogarse ni para confesar los pecados de los demás. Si tengo necesidad de comentar mi situación especial que estoy viviendo y que necesito algún consejo, se pide una cita fuera de la confesión. Soy consciente de que mucha gente necesita contar y sus sufrimientos y problemas que está viviendo, pero todo eso no es materia de confesión.

Ojalá que en toda parroquia se pueda organizar un centro de escucha o un ministerio de consejería para atenernos estrictamente a lo que es el sacramento de la confesión  y distinguirlo de una atención de consejería.

 

Catequesis VII

De lo dicho hasta aquí entendemos que el Sacramento de la confesión, que nace del corazón bondadoso y misericordioso de Dios, es un Sacramento indispensable para recuperar nuevas fuerzas y esperanza en nuestro caminar tras de Jesús y hacia la santidad:  un camino accidentado, lleno de tropiezos y vacíos que nos frenan, nos hacen vacilar y hasta a veces caer fácilmente.

Si queremos que nuestras confesiones surtan efectos positivos y de verdadero progreso  en nuestra vida cristiana, no debemos improvisarlas. Es necesario programarlas y prepararlas en la oración e invocando al Espíritu Santo para que nos ayude a reconocer con humildad nuestras faltas y a tener un verdadero arrepentimiento por haber desconocido el amor de Dios.

El Catecismo nos recuerda que, para hacer una buena confesión, hay que hacer unos pasitos:

  • EXAMEN DE CONCIENCIA: llamar a la mente los pecados cometidos.
  • ARREPENTIMIENTO SINCERO: dolor por haberme separado del amor de Dios.
  • PROPOSITO DE NO VOLVER A PECAR: deseo y voluntad de cambio.
  • CONFESION DE BOCA: confesar a un sacerdote los pecados cometidos.
  • CUMPLIR CON LA PENITENCIA: cumplir con el compromiso que me da el sacerdote.

Son 5 pasitos que ciertamente me ayudan a prepararme bien y aprovechar al máximo de este Sacramento, para que no se vuelva una rutina, sino que todas las veces sea un encuentro de gracia con el Señor que me ama y perdona.

 


Jesús, en la famosa parábola que erróneamente llamamos “del hijo pródigo”, (Lc. 14, 11ss) y que deberíamos llamar “del Padre misericordioso”, nos describe claramente lo que nos pasa a nosotros cuando decidimos pecar y nos alejamos de Dios.

Ese jovencito inexperto, nos representa a todos: ciertamente en su casa lo tenía todo: amor, cariño, amistad y buena vida. Sin embargo, él quiso independizarse, tener otras experiencias, quería decidir de su vida como quería, le pareciera demasiado monótono ese estilo de vida: siempre con las mismas personas.

Esto es el pecado: decidir de nuestra vida como queremos, sin dar cuenta a nadie, nos parece demasiado monótono ser siempre buena gente, observar los mandamientos de Dios, queremos ensayar nuevas experiencias.

El momento del pecado es “placentero”, estoy ejerciendo mi “libertad”, pero eso dura muy poco. Muy pronto uno empieza a sentir el vacío del corazón y la tristeza de haberse equivocado, de haber sido engañado.

Aquí se pueden dar dos actitudes:

  1. Callar la conciencia, es decir minimizar la gravedad del pecado y considerarlo como normal (compartir con “los cerdos”;
  2. Escuchar la conciencia y emprender el camino del retorno para encontrarme nuevamente con la misericordia del Padre.

    La Confesión es ese momento, cuando Dios que ha esperado mi regreso, me lanza sus brazos al cuello, me viste nuevamente de la vestidura nueva de Hijo de Dios y me entrega el anillo de su amor infinito.

Catequesis VIII

EXAMEN DE CONCIENCIA (I)

El primer paso que nos sugiere el Catecismo de la iglesia católica para una buena confesión, es el examen de conciencia, es decir traer a la memoria los pecados cometidos desde la última confesión.

Esto hay que hacerlo en un lugar tranquilo, posiblemente frente al Sagrario, en una actitud de oración, pidiendo luz al Espíritu Santo, para que ilumine nuestra mente para recordar las faltas y suscite en nuestro corazón el dolor de haberse alejado de Dios.

El fin del examen de conciencia no es tanto llenarse de angustia, sino para re conocer con humildad las faltas y tener confianza en Dios para confesarlas con la certeza de que seremos perdonados, con los ojos puestos en la infinita misericordia de Dios que se ha manifestado en Jesús.

Es el momento en que nos damos cuenta de nuestra mezquindad frente al infinito amor de Dios que preferimos una felicidad superficial y pasajera que nunca podrá llenar el vacío de nuestro corazón.

La vida cristiana es toda cuestión de amor: es dejarme amar por Dios, y es de ese amor, de esa experiencia que yo aprendo a amar a los demás. Y si yo no me dejo amar por Dios, tampoco entenderé que debo amar a los demás.

Un buen examen de conciencia me hace reconocer que el pecado es un rechazo del amor de Dios, me ayuda a sentir la necesidad de ese amor y consecuentemente me lleva a la conversión. Y el primer signo de una verdadera conversión es el acercamiento al otro , a sentir compasión del otro, a ser más bondadoso y misericordioso con el otro.

De esto podemos entender cuanto es importante este primer paso del proceso para hacer una buena confesión.


 

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